No resulta usual la representación del cuerpo masculino desnudo en la pintura clásica española, ni siquiera en la época renacentista. La «sobriedad» de la corte de Felipe II, muy diferente de la de los Estados Pontificios, favorecía poco este tipo de expresiones artísticas. Sin embargo, la obra del Greco muestra algunas obras muy destacables entre las que voy a entresacar dos pinturas relacionadas con el martirio de San Sebastián. La figura de este santo fue en muchas ocasiones la excusa «políticamente correcta» para representar en la época el desnudo masculino. Dos obras de un pintor genial pero bastante distantes en el tiempo y en la composición.
El San Sebastián más antiguo, fechado alrededor de 1577, se encuentra en la catedral de Palencia y muestra al santo, apenas cubierto con un paño de pureza atado a un árbol. Solo una saeta atraviesa su cuerpo. No hay muestra de dolor pero casi tampoco de espiritualidad, salvo la mirada que se eleva, algo ausente, a lo alto. El Greco acababa de llegar de Italia donde conoció la obra de Miguel Angel y Tiziano, por lo que no nos sorprende que el modelado de la figura recuerde a la obra del primero, tanto por la definición de los volúmenes como por el uso del «contraposto», este retorcimiento de los planos del cuerpo muy del gusto manierista.
En conjunto, el ambiente es muy realista. El paisaje está minuciosamente tratado con pinceladas finas mientras que el cuerpo las pinceladas son más amplias. La imagen se estructura en forma de una cruz de San Andrés: torso, pierna izquierda,cabeza y rama principal del árbol, por un lado y pierna derecha bazo izquierdo y, secundariamente, una pequeña rama y el perizonium forman el otro elemento de la cruz. Este tipo de estructura tiende a producir un cierto efecto de profundidad, prácticamente ausente en la obra salvo por los efectos de la luz. El desnudo se encuentra muy integrado en la Naturaleza.
El segundo San Sebastián fué pintado más tarde, entre 1600 y 1605 y se encentra en el Museo del Prado. Debería decir, se encuentran porque la obra, no se sabe cómo ni por qué, fue dividida en dos en el siglo XIX. Típicamente se ha visto el fragmento superior, aunque creo que ya se puede
observar de un modo completo, lo que resulta imprescindible a la hora de analizar la obra. El paisaje, único elemento pintado con colores cálidos pierde toda importancia y es apenas un referencia. El cuerpo está tratado con pinceladas amplias y está fuertemente abocetado
(como en la última época de Tiziano). No se pierde el dibujo – El Greco no improvisaba y las siluetas se dibujaban en el lienzo virgen, sin preparar – pero el mismo no tiene fines realistas. No existe un punto de observación claro: la cabeza está vista desde abajo, los pies desde arriba y no se tienen claras las referencias para el resto del cuerpo. El espacio se estructura en la vertical con un alto grado de simetría. Esto confiere a una obra estabilidad y espiritualidad pero puede dar un efecto estático indeseado. No ocurre aquí porque de un modo sutil la figura se retuerce en forma de hélice generando una tensión que impone una lectura ascendente hacia la cara, los ojos y el cielo. Las flechas, que surgen ahora por ambos lados del cuadro introducen elementos horizontales que compensan un poco la extraordinaria verticalidad de la obra.
Las luces blancas y azuladas dominantes aumentan el dramatismo de la escena.
Dos obras del mismo tema y autor que nos introducen en dos mundos diferentes
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